SÁNCHEZ SE ABRAZÓ A VOX

Sánchez se abrazó a Pablo Iglesias pero en realidad era a Vox al que lo hacía. El tiempo ha demostrado que el presidente en funciones únicamente se abraza a sí mismo (y a sus intereses) en un ejercicio de supervivencia con su sillón en la Moncloa como motor exclusivo de sus decisiones. Sánchez, que ha agitado el lobo de Vox desde su irrupción en Andalucía, ha utilizado la excusa de los cincuenta escaños ultraconservadores como perfecto asidero para montar en menos de 24 horas una coalición de gobierno con Pablo Iglesias y la necesidad absoluta de la retahíla infinita de siglas necesarias para construir la misma mayoría de la moción de censura a Rajoy (mayoría de progreso, la llaman) y aguardar la posibilidad remota de aprobar unos presupuestos generales. Como viene Vox y la extrema derecha acecha, ha dicho Sánchez que es lícito depender de todas las minorías periféricas que sea menester, con la posibilidad más que evidente de que ERC y Bildu se suban al carro del progreso socialista. Si Vox es fascista, tal y como declaró la diputada del PSR María Marrodán la noche de los comicios, conviene preguntarle a su señoría qué le parece el hecho de que para articular una mayoría ‘progresista’ sea necesario sumar sus votos a los de los comunistas-bolivarianos de Podemos, los sediciosos de ERC y los filoetarras de Bildu. Éste es el panorama que dejan las elecciones, que han sido un caprichoso ejercicio de estilo de Sánchez a costa de los bolsillos de los ciudadanos y que tras su fracaso en las urnas ha tomado la decisión de huir hacia adelante a toda velocidad y sin freno en un ejercicio de filibusterismo político en el que llamar contradición a sus últimas decisiones es tan engañoso como decir que el Gran Cañón del Colorado es un agujero. El agujero es él.