NO ERAN SUS OJOS

Una película extraña de ciencia ficción que vi el sábado en el cine Moderno me puso frente a la evidencia de que me cuesta un mundo comprender la trama de las representaciones audiovisuales (el cine y las series). No les digo que me pierda con ‘La que se avecina’, pero casi. La extraña película del fin de semana disertaba sobre el dilema del tiempo y su linealidad porque los extraterrestres, que lucían forma de pulpo pero con siete tentáculos, tenían la capacidad de ir hacia adelante y hacia atrás de los acontecimientos a capricho, ab libitum, como el vino de Juan Carlos Sancha o como los cantes flamencos que se salen del compás preestablecido por el ritmo. No sé si los cefalópodos del universo eran capaces de nacer con antelación a sus padres pero la hija muerta de la protagonista había fallecido mucho antes de que su padre fuera el novio de la madre. Obviamente me pasó con la película lo que a Pedro Sánchez con su partido; no entendí nada, pero me fascinaba la música que como suspendida en el aire se abrazaba a la fabulosa nave donde vivían los pulpos marcianos. Al salir del cine le dije a mi mujer que me había gustado la peli pero que no había pillado el concepto, como de costumbre. Me miró y comenzó a desgranarme el guión con la precisión de un matemático colocando las incomprensibles piezas una encima de otra para construir un edificio portentoso de habilidades sensoriales. Hablaba, me explicaba las cosas y lo que parecía negro como la noche comenzó a amanecer como por arte de magia. No eran sus ojos esta vez, eran sus palabras. ¿Qué diablos hay debajo de mi yermo cuero cabelludo? No les sé responder. Lo siento. Quizás eco, resonancias, galleos, recortes, aforismos o definiciones. Poco más, se lo juro. Pero entendí una peli incomprensible gracias al amor, que es exactamente lo contrario a lo que había imaginado. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja