NO DIGA ESPAÑA

Hace unos días a Juan Cruz se le hacían los ojos chiribitas en ‘El País’ porque en España casi nadie llama a España España y se inventan infinidad de retruécanos sociolingüísticos para esconder el nombre de nuestra Nación y denominarla Estado casi por sistema. Me sorprendió la sorpresa del afamado columnista y que surgiera, además, por unas declaraciones de Ada Colau, que no es ni mucho menos la primera que la margina de sus labios. Recuerdo que en mi etapa de estudiante en la Universidad del País Vasco la palabra España estaba indecorosamente prohibida y se sustituía por el horrible nombre que se inventó el Franquismo (dudo que Franco) para definir al nuevo (viejo) régimen: ‘Estado Español’; patética expresión para nombrar a un reino sin rey y a una república sin presidente, una nación vasalla y prisionera de una parte de España que había enviado a la otra a la cárcel. Los nacionalistas repiten obsesivamente ‘Estado’ (en todas y en cada una de sus infinitas plataformas mediáticas) para negar a España. No se la nombra y como por ensalmo desaparece (piensan). O se dice Cataluña y España; o Euskadi y España. En este caso se sitúa paralela la parte con el todo, que es otra forma de negar al todo su condición preponderante, su carácter histórico y no el invento romántico del nacionalismo caduco del XIX. A España se la mete debajo de la alfombra, se la esconde detrás de un cargo, se le pone tricornio y hasta esposas; se la viola, se la traduce, se la consigna o se edulcora para no enfadar. Ahí está la selección española de fútbol, a la que se llama ‘roja’; o a la de balonmano, a la que dicen los ‘hispanos’ como si fuera de Puerto Rico o de la Hispania Ulterior romana. Todo es lícito para esconder la palabra maldita, para que no se asome a nuestros labios y no enfademos a los que la quieren destruir. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja