A PROPÓSITO DEL TORO DE LA VEGA

Que conste que no me gusta el Toro de la Vega porque se trata de una tradición que no entiendo y que me parece estrafalaria: una cuadrilla de tipos que se enfrentan con un astado de proporciones inverosímiles y lo alancean hasta que lo matan jugándose su vida y llevándose en muchos casos cornadas tremebundas (que no se le olvide a nadie). Repito, no me gusta. Sin embargo, las doscientas personas antitaurinas que fueron al torneo de alanceamiento del toro de Bañuelos a protestar cívicamente cargados de piedras e insultos a las 40.000 que asistieron al evento, en realidad les importaba un comino la vida del toro al que se iba a sacrificar y en realidad protestaban contra el hecho taurino en sí mismo, contra las corridas, contra las becerradas, las novilladas, los festejos de rejones y toda lo que suponga la tauromaquia en España. El Toro de la Vega es un símbolo y por ello y haciendo mías las palabras de André Viard, tal y como se han puesto las cosas, «defender el Toro de la Vega es defender la Fiesta». Los animalistas no pararán hasta conseguir su abolición y en ese momento, cuando lo logren (si es que lo consiguen), irán a por lo siguiente, a por las novilladas y se me apura, hasta a por los encierros de San Fermín (lo tienen crudo, mascullo y vaticino). Yo respeto cualquier opinión, incluso la puedo hacer mía si se me convence de lo contrario a lo que pensaba. Pero de ahí a rendirme por una pretendida superioridad moral existe un abismo por el que no pienso transitar ni hoy ni mañana. Mucho más allá del Toro de la Vega (que me inquieta y no me gusta) está la libertad y el hecho mismo de que a estas alturas nadie imponga a nadie lo que tiene que pensar. Y menos con violencia o quemando espacios naturales, como ha sucedido este año en las arboledas de Tordesillas. Así como suena, maten al toro o calcinen un bosque. # Este artículo lo he publicado en Diario La Rioja